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Abrió la ventana y poniéndose de puntillas asomó su cabeza al
exterior. El frío de la mañana besó su cara y sus ojos contemplaron la blancura
de los tejados y las calles cubiertas de nieve. La noche anterior la nieve
había empezado a caer mansamente, el abuelo Ignacio no se equivocó cuando
profetizó que iba a cuajar. Ahora el tibio sol invernal arrancaba luminosos
destellos del blanco paisaje y el silencio a aquella hora temprana de la mañana
parecía invitar a que el resto de los sentidos se aletargaran permitiendo que
únicamente la vista se complaciera en la belleza. Sus pupilas se dilataron
cuando advirtió las huellas de los cascos de los caballos trazando su sendero
en mitad de la calle: el tío Eusebio también había acertado. La víspera, al
amor de la lumbre, le había contado que hacía unos días había recibido la
visita de un paje de los Reyes Magos. Ufano, mientras el abuelo escondía una
sonrisa divertida, le dijo que llamó a su puerta bien temprano y le pidió que
herrara los cascos de su caballo, un animal de porte digno y crin negra como el
azabache. El exótico cliente de oscura piel y ojos rasgados sabía de su buen
hacer y no había dudado en acercarse reclamando sus servicios para poner a
punto a su cabalgadura; le esperaban unas jornadas atareadas y era preciso no
dejar nada a la improvisación, nada que pusiera en peligro tan importante
tarea…El paje le aseguró que aquel año no se olvidarían de visitar el pueblo y
que en la madrugada dejarían sus regalos a los niños buenos. Ella le escuchaba
silenciosa, ilusionada pero dubitativa: hasta ahora, en lo que a ella le había
tocado, había recibido de Sus Majestades alguna mandarina, unas pocas monedas y
alguna muñeca de cartón…No alcanzaba a comprender por qué, año tras año, los
Reyes se empeñaban en favorecer a los niños del pueblo que menos lo
necesitaban, era todo un misterio…El tío Eusebio le alentó a que limpiara con
esmero sus zapatos, de acuerdo con el abuelo pensaron que la casa de Eusebio
ubicada justo en la plaza del pueblo era un lugar que seguramente facilitaría
el trabajo a Sus Majestades en tan desapacible noche. Ella, asomando la rosada
lengua entre los labios, se afanó en dar lustre a sus zapatitos de domingo, se
los dio al tío y lo despidió en el umbral de la puerta, la nieve caía
silenciosa.
Se vistió apresuradamente y en un
periquete estaba ya en la calle; subió la calle a saltitos rápidos, como un
gorrión, sus huellas livianas trazaron un sendero paralelo al dibujado por los
cascos de los caballos. Empujó con brío la puerta de la entrada, la herrería
dormía en la penumbra, el yunque enmudecido y la fragua sin su brasa habitual;
subió a trompicones la corta escalera y abrió la puerta de la caldeada cocina.
Las mejillas arreboladas por la prisa y la mirada esperanzada hicieron que el
tío Eusebio sonriera al contemplarla. “Bueno,
ya estás aquí…”-le dijo. La tía Lucia trasteaba ya entre sus pucheros, el
aroma de sus guisos presagiaba una excelente comida; la buena mujer dispuso un
buen tazón de leche caliente para la pequeña y un par de rosquillas con su
nieve de azúcar. La niña cautelosa, aguantando su impaciencia, desayunó
mientras el tío Eusebio parecía empeñado en charlar de cosas triviales…Cuando
terminó la leche, se atrevió a preguntarle: ¿Han
venido? ¿Que si han venido?-le contestó el tío y prosiguió: Pues claro, y vaya enfadado que estoy…Luego
te explico, pero sí, han dejado algo para ti…Y allí, en un rinconcito,
alcanzó a ver la punta de sus zapatitos que asomaban bajo un paquete coronado
por un enorme lazo. Incrédula, se acercó con timidez y alentada por el cabeceo
de Eusebio lo tomó con las manos. Aún antes de abrirlo, se admiró de la finura
del papel, que se dijera de pura seda tan suave al tacto que era, y del hermoso
lazo que lo abrazaba y, aunque en ella bullía el deseo de conocer que escondía,
se demoró en retirarlo como si sus dedos infantiles tocaran las delicadas alas
de una mariposa. Sus ojos contemplaron la hermosa caja, mientras los cariñosos
ojos adultos la contemplaban a ella sin perder detalle. Su mirada recorrió la
brillante tapa sembrada de múltiples dibujos delicados: los personajes de sus
cuentos le brindaban miradas sonrientes, las flores allí pintadas parecían
saludarla, estrellas de colores, animalitos dándole los buenos días…Los cantos
de la caja estaban ribeteados de una fina puntilla, como si el hilo blanco del
que estaba hecha se hubiera enredado por encanto para fabricar su filigrana,
sin conocer mano alguna que la trabajara o, en todo caso, fueran las manos de
un hada las encargadas de labrarla. La caja escondía otro tesoro: infinidad de
dulces se escondían ordenados, envueltas sus delicias en fino papel festoneado,
solo su aroma escapaba a la sutil cárcel. El tío Eusebio le preguntó: ¿Qué, te gusta…? con un asomo de
ansiedad en la mirada. Me gusta, me gusta
mucho…contestó ella con un hilo de voz mientras sus dedos nerviosos
acariciaban las siluetas de colores. ¡ Buenooo,
pues me alegro!- dijo el tío. Pero
menuda faena me han hecho a mí… añadió Eusebio. ¿Qué ha pasado?- preguntó ella preocupada. Nada, nada, ya me lo habían advertido, que solo era para los niños,
pero…y chasqueó los dientes, sacudiendo la cabeza. Resulta que decidí poner junto a tus zapatos una de mis alpargatas para
ver si caía algo, pero…los muy tacaños no me han dejado nada. Eso sí, se
tomaron el pacharán que les puse sin dejar gota, ¡y bien que beben los
mangarranes…!Y no solo es que no me hayan dejado nada: ¡menuda puñeta que me
han hecho!- prosiguió muy enfadado- Al
levantarme no encontraba mi alpargata, no aparecía por ningún lado; extrañado
he salido a la calle en su busca y ¡mira, mira cómo la he encontrado, hecha
un asco!- y le muestra una alpargata
vieja, mojada y llena de barro. ¿Sabes
dónde estaba?- la niña negaba cariacontecida. Hasta el pilón he tenido que asomarme- y señala con su dedo índice
el pilón de la plaza del pueblo, donde el ganado abrevaba cada día- Allí estaba, tirada, toda mojada, que he
tenido que acercarla con la vara…¿Tú te crees que hay derecho, hombre por
Dios…? Y sacudía desolado la cabeza, apenado, muy apenado…Bueno, Eusebio- terció Lucia
conciliadora- No te pongas así, que ya
estabas advertido, que solo habría regalo para la niña…Ya, ya, pero…uno se hace
ilusiones y… -argumentaba Eusebio lastimeramente. La niña abrió su caja de colores: Tío, ¿quieres uno?- y le ofrece un dulce
consoladora. ¡Vale maja!- acepta
Eusebio complacido. Y los dos comparten mano a mano el caramelo. La mañana de
Reyes es luminosa, el puchero se cuece a fuego lento, la niña y el tío charlan
y ríen con complicidad.
La hermosa caja albergó sus tesoros durante un
tiempo; nunca supo quién dedicó su tiempo, su arte y su amor en fabricarla. Y un
día despareció, no sabe cómo; tal vez del mismo modo que desaparece la
infancia, dulcemente, y solo queda de ella el recuerdo de los rostros, de las
palabras, de las miradas que dieron vida a su paisaje, aquel al que a veces
soñamos regresar.
ze polita!
ResponderEliminarMuxu bat, Sonia!
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